lunes, 8 de junio de 2015

¡Haga su haikú!

Un intento poético en medio de la sorpresa y de la polémica.

Ariana Miyamoto. Fotografía tomada de arteymedio.com.do

Japón, la Tierra del Sol Naciente, país donde las tradiciones y las novedades se han acoplado de manera asombrosa, donde su gente ha dado ejemplo de cómo salir adelante tras catástrofes tremendas, hoy da de qué hablar al mundo por cuenta de un concurso de belleza.

Para participar en el certamen Miss Universo, ha sido elegida como representante de niponas y nipones Ariana Miyamoto, de 21 años. Su designación ha generado sorpresa y polémica en Japón porque Ariana "no parece" japonesa, aunque de hecho lo sea. Sucede que Miyamoto es hija de una japonesa y de un estadounidense afrodescendiente, y los rasgos que heredó de este son mucho más notables en ella. Físicamente, Ariana se parece más, digamos, a Candice Patton que a Yoko Ono. 

Este detalle ha hecho que cierto sector de la opinión pública nipona se pregunte cómo es posible que una persona como Miyamoto pueda entenderse como modelo de lo que es ser japonés. Caramba, si se supone que nuestras chicas son bajitas, de ojitos rasgados y de piel amarilla, afirman esas personas -y uno se pregunta entonces por qué no las dibujan así en los manga-. Se ha planteado entonces una discusión en torno a ese tema. Un tema común a todas las sociedades humanas que se practica diariamente pero que suele ser ignorado o minimizado: la discriminación. ¿Discriminación en Japón? Pues parece que sí. La verdad, lo extraño sería que no la hubiera también allí.

Miyamoto ha declarado que su objetivo al participar en el certamen es llamar la atención acerca de la segregación que tienen que enfrentar en Japón los hafu o mestizos -la expresión viene de la palabra inglesa half, mitad-; de hecho, ella lo hace a partir de su propia experiencia. Es una variación interesante frente a los estereotipos relacionados con los reinados de belleza y sus motivaciones. Y de paso, un  implacable  generador de preguntas a todas las naciones y comunidades: ¿qué tan abiertos somos frente a la diferencia? ¿Todavía le damos a nuestras identidades connotaciones de pureza? ¿Qué pueblo de la tierra no ha tenido una actitud segregacionista frente a otros? En plan de barajar posibilidades, ¿qué pasaría si la nueva señorita Angola fuera de madre ucraniana y de padre angoleño, más parecida a su mamá que a su papá? ¿Le darían a este caso el mismo tratamiento mediático internacional que al caso de Ariana? Y si la señorita Colombia de 2018 fuera la representante del departamento del Cauca perteneciente a la comunidad nasa, ¿cómo reaccionaríamos

Amin Maalouf
Fotografía tomada de
http://imagenes.publico.es/
En su hermoso libro Identidades asesinas, el escritor franco-libanés Amin Maalouf habla de los fronterizos, de aquellos que como él han vivido en más de un contexto nacional o cultural, que se identifican por igual con todos ellos pero que son obligados a escoger uno solo como "su identidad": "Desde que dejé el Líbano en 1976 para instalarme en Francia, cuántas veces me habrán preguntado, con la mejor intención del mundo, si me siento 'más francés' o 'más libanés'. Y mi respuesta es siempre la misma: '¡Las dos cosas!' Y no porque quiera ser equilibrado o equitativo, sino porque mentiría si dijera otra cosa. Lo que hace que yo sea yo, y no otro, es ese estar en las lindes de dos países, de dos o tres idiomas, de varias tradiciones culturales. Eso es justamente lo que define mi identidad. ¿Sería acaso más sincero si amputara de mí una parte de lo que soy?". Esta situación, según señala el escritor a continuación en su texto, plantea no pocas situaciones de violencia: la amputación ha sido padecida por muchos en el mundo por cuenta de presiones externas.

¿Cómo encarar esa violencia? Enfrentando al purismo con subversión, pero no la de las armas, sino la que nos permite el arte. Esta subversión surge, aunque suene extraño, del deseo respetuoso de conocer y, partir de este conocimiento, de romper las barreras que separan a las personas, de tirar abajo las "verdades absolutas" que no permiten los intercambios fructíferos. Esto es parte del valor de lo artístico.

Y ya que hablo de Japón, si usted que me lee ha intentado versos alguna vez, quizás se interese en el haikú, probablemente la forma poética más famosa de aquel país. En pocas palabras, consiste en hacer estrofas de tres versos: el primero de cinco sílabas, el segundo de siete y el tercero de cinco nuevamente, preferiblemente sobre temas relacionados con la naturaleza y sobre lo que siente el poeta cuando la contempla. En actitud subversiva, ¿por qué no animarnos a hacer haikús? Al fin y al cabo, la Orquesta de la Luz es japonesa, pero toca salsa. ¿Por qué occidentales no podrían hacer haikús? 

Aprender unos de otros, como un proceso en el que también es posible el error, es lo que nos hace verdaderamente humanos. Aprendizaje sin yerros no es aprendizaje.

Acá les presento unos ejemplos, o mejor, unos intentos de haikú, de mi cosecha:

Abre la prensa:
¿cómo sabes si es libre
o vil negocio?

Carajo, qué bien
se siente tomar agua
mientras se pueda.

El ukelele,
siendo tan chico, canta
con gran claridad.

Guitarrita azul
de doce compases, tú;
yo, aquí te toco.

¡Hey! Armónica,
me besas en la boca
y el tren se marcha.

Maestro, acá
sigo escuchando su voz.
Algo hay que hacer.

Verde campo; hoy
te recuerdo en infancia.
Correr entre vacas.

Viejos libros, ¡Uy!
¿Cómo podría lanzar
sus hojas al mar?

Haikús tomados de perroantonio.com

Y ahora usted, que me lee, ¡haga su haikú!

lunes, 1 de junio de 2015

Conversar con la gente

¿Qué debe aprender nuestra infancia? ¿A no hablar con desconocidos, o lo contrario?

Una ilustración respetuosa del texto de Carlo Collodi:
Pinocho, el zorro y el gato según Francis Phillips,
para la colección Cuenta Cuentos de Editorial Salvat, 1984.


Hace muchísimos años, en una de esas visitas a familiares lejanos, mi curiosidad libresca me puso en las manos una de esas enciclopedias para menores producidas por la compañía Disney. Era algo así como un listado de consejos para niñas y niños ilustrado, ejemplificado, con todos esos personajes edulcorados que ha creado o de los que se ha hecho propietaria -para edulcorarlos- aquella corporación del entretenimiento. Lo único que recuerdo de aquella rápida ojeada es una imagen del limitadísimo Pinocho disneyano acechado por el zorro y el gato, que en la película de 1940 fueron, supongo, arbitrariamente bautizados como J. Worthington Foulfellow -o "el honrado Juan", vaya ridiculez- y Gedeón, respectivamente. Cuánta italianidad. Pobre Carlo Collodi.

Pero no es de la ilustración de lo que quiero contarles, sino de su motivo: aquella acompañaba a un artículo, o algo así, que se titulaba "no hables con desconocidos". Había un dibujo adicional algunos párrafos después: una niña pequeña hablando con un hombre vestido con una gabardina negra, de rostro especialmente retocado para que los jóvenes lectores sintieran repulsión.

¿A quién de nosotros no le dijeron una y otra vez esa misma frase? No hables con desconocidos, nunca, jamás; eso no se hace, es peligroso, puede pasarte algo malo, no puedes confiar en nadie que no sea de la familia. Agregue usted la frase que le dijeron y que no está en esta lista. Claro: hasta cierto punto, es verdad. No todo es bondad en este mundo loco. Obvio que querían protegernos, obvio que había razones para hacerlo. Es apenas natural, justo y necesario que hay que enseñar a nuestras niñas y a nuestros niños a cuidar de sí mismos y a no dejar que nadie pase por encima de su integridad física y mental, de su dignidad. Esto mismo vale para los adultos. Hasta aquí, razonablemente, estaremos todos de acuerdo.

Sin embargo, bien mirada la situación, lo que constituye una norma de seguridad para proteger a nuestra infancia puede convertirse, a la larga, en un gran limitador de su identidad humana. Porque somos seres comunicativos; nuestra vida está construida sobre vínculos que establecemos con todo tipo de personas, con la naturaleza, con nuestro entorno. Cuando decimos, con buena intención pero quizás excesivamente, "no hables con desconocidos", limitamos, hacemos que sea abandonada incluso, esa parte de nuestra identidad que tanta falta hace desarrollar: la identidad de comunicadores creada especialmente en función de nuestros semejantes. No me parece descabellado decir entonces que, cuanto más la expandimos, más sentido tendrá nuestro paso por este planeta. Descubriremos más elementos interesantes y útiles, aprenderemos más cosas de provecho para nosotros y para los demás, hallaremos -frase de cajón siempre necesaria- pistas para lograr hacer de este mundo un mejor lugar. A comunicar se aprende conversando; conversando con lo que nos rodea, con quienes nos rodean, especialmente con aquellos que están más allá de nuestro primer círculo. A comunicar se aprende conversando con la gente.

Salir del cascarón de la familia, cosa que cualquier persona tiene que hacer necesariamente, implicará un encuentro con el Otro, con ese desconocido, tarde o temprano. En dicho encuentro, muchas cosas que pueden beneficiarnos o perjudicarnos como personas o como integrantes de la especie se pondrán en juego. ¿Qué tan preparado está el sujeto -o preparada la sujeta- para este cruce de significados a partir de haber escuchado desde el comienzo, reiteradamente, el "no hables con desconocidos"?

Muchos manuales de crianza y de educación dan claves a madres y padres para enseñar a sus pequeños a no hablar con los desconocidos. Pero quizás lo que hay que hacer es justamente lo contrario: adiestrarlos para que sepan hablar con ellos. ¿Y cómo conjurar el peligro? Pues con el ejemplo y con la compañía. ¿Por qué no entablar diálogo con el tendero, la secretaria, el policía, la vendedora de jugos, el abuelo, el habitante de la calle, la prisionera, como un esfuerzo conjunto del adulto y del niño? ¿Por qué no nos animamos, como adultos, a salir de nosotros mismos para encontrarnos con los demás y hacemos que nuestros niños nos acompañen en este proceso, y de paso, los acompañamos también a ellos? ¿Por qué no aprendemos a escuchar y, mientras lo hacemos, dejamos que a nuestro lado los chicos aprendan a hacerlo?

Toda la vida nos han alertado acerca del peligro de encontrarnos con el Otro: es la competencia, el que nos robará y nos estafará, el que destrozará nuestros juguetes si se los prestamos o nuestra vida si confiamos en él. A mí, la verdad, me parece que hay más peligro en no encontrarnos con él, porque cuando no lo hacemos nos volvemos egoístas, retraídos, interesados, mezquinos, violentos; nos volvemos, justamente, aquello que queremos evitar. Vale la pena reiterar que el encuentro es siempre un riesgo: es una ley de la vida. Pero también es un aprendizaje. Guardadas proporciones, si Pinocho no se hubiera encontrado con el zorro y con el gato, no hubiera aprendido nunca a evitar ser engañado ni a valorar a las personas que de verdad lo querían. 

Y por cierto, Collodi cuenta que Geppetto, el buen Geppetto, al comienzo de la historia mandó a Pinocho a la escuela solo. No lo acompañó. Lo dejó al garete, digámoslo así, en un mundo al que el muñeco de madera veía por primera vez. Si lo hubiera acompañado, si lo hubiera llevado de la mano en esa primera salida, otra historia se hubiera contado, ¿no creen?

La punta

Parece que el mundo ahora sí se va a acabar: la FIFA es más poderosa que la ONU y lo que pase allí afecta, al parecer, el equilibrio geopolítico del planeta -¿cuál equilibrio?-. Mientras tanto, niñas y niños siguen pateando la pelota en las plazas y en las canchas.

lunes, 25 de mayo de 2015

Acerca de "El Abrazo de la Serpiente"

La difícil interculturalidad mostrada en una película extraordinaria. 



No se nos debe hinchar el pecho de falso orgullo patrio por el hecho de que la película El Abrazo de la Serpiente haya sido reconocida y elogiada en la más reciente edición del Festival de Cannes de una forma que probablemente ningún largometraje nacional ha disfrutado a nivel internacional. Más bien, debemos sentirnos muy contentos y agradecidos con el equipo de realización del filme, encabezado por su director, el riodorense Ciro Guerra, por atreverse a narrar una historia muy completa, fruto consciente de años de trabajo, que ofrece muchos elementos de discusión. El Abrazo... demuestra que en Colombia es posible hacer producciones de calidad capaces de salirse de los estereotipos a los que, para bien o para mal, se ha plegado nuestro cine; además, según lo percibido cuando mi esposa y yo fuimos a verla, capaz de congregar a un buen número de personas.

Pero yo no soy experto en cinematografía para ahondar en las reflexiones anteriores. Prefiero decir que El Abrazo... es una mirada a un territorio colombiano que, como dice Guerra, es desconocido para el país. Lo más triste es que, según el realizador, ese Amazonas colombiano del que se habla en la película ya no existe. La zona andina tiende a auto-referenciarse en constante y estéril conflicto con la costa caribe, mientras que los llanos orientales son una especie de estampa folclórica mal conocida y la costa pacífica grita pidiendo atención y respeto, con unos pocos escuchándola. Entre tanto, la Amazonía colombiana parece reducirse al Trapecio, a la ciudad de Leticia concretamente, y eso es todo para el colombiano promedio en cuanto al tema. Y por cuenta de los apetitos de los mercaderes, a lo que se perdió sigue lo que se está perdiendo justo ahora. Ante este panorama, El Abrazo... es un llamado de atención narrativo.


El explorador alemán con los indígenas
Narrativo, ya que cuenta una historia que atrapa desde los primeros fotogramas. En un montaje muy interesante se nos presenta al chamán Karamakate, el último de su comunidad, y su relación con dos investigadores, uno alemán y otro estadounidense, en momentos diferentes de su vida, durante la primera mitad del siglo XX. Estos encuentros tienen en el río Amazonas y en la selva el escenario de los encuentros y desencuentros entre el nativo y los extranjeros que acuden a él para buscar, por diferentes motivos, una rara planta custodiada por la gente del iluminado. En el recorrido hecho a punta de canoa para localizarla, se cruzan situaciones espeluznantes y dramáticas que dan cuenta de la forma como fue tratada la Amazonía y su gente por los autoproclamados adalides de la civilización. Guerra, no obstante, se la arregla para coser a la historia interesantes retazos de alegría también, aunque no son muchos por cuenta de lo que está contando.

La historia en torno a la planta misteriosa y Karamakate hace pensar que pocas cosas son más difíciles que la interculturalidad, que el diálogo fructífero, fecundo y gestor de vida entre culturas diferentes. Porque se juntan las virtudes y los defectos de lo blanco y lo indígena, los matices que se desarrollan en el encuentro entre lo nativo y lo extranjero, el respeto y la dominación, la curiosidad y el abandono, el amordazamiento cultural y la lucha por la supervivencia de las tradiciones, se suman al respeto por la Naturaleza y sus leyes, las músicas y los sonidos, al derecho al conocimiento y a la locura que se desata... Demasiados elementos. Destaco la locura, ya que su representante en la película -un autoproclamado mesías que instala su iglesia en plena selva, seguido de un buen grupo de alucinados indígenas- me hizo recordar a Antonio el Consejero, protagonista de la brasileña Guerra de los Canudos, narrada por Euclides da Cunha y Mario Vargas Llosa, aunque no necesariamente hay una plena identificación entre ambas figuras y sus respectivos contextos. Este salpicón de ideas y de sensaciones se mueve a mil revoluciones en la cabeza durante la proyección y una vez termina la película. El movimiento no se detiene. Al menos, eso es lo que se espera.

El viejo chamán y el explorador estadounidense
El misionero
Precisamente el elemento religioso del filme es uno de los más perturbadores. En mi calidad de creyente -y espero que sea así para cualquiera que diga serlo- lo visto en él referente al cristianismo duele y avergüenza. Imposible generalizar, claro, pero es tapar el sol con un dedo refutar que en la selva muy poco o nada de la Buena Noticia se compartió con los indígenas. Lo cierto es que más bien, tomándola de pretexto, se impuso una forma de ver el mundo que negó e hizo invisibles una cosmología y una interpretación espiritual que, bien entendidas, serían hoy pistas certeras para el andar por la vida de muchas personas. No solamente se han perdido y se pierden en el Amazonas especies animales y vegetales; también se pierden conocimientos y espiritualidad.


Hay que mencionar de manera especial los muy buenos aportes de actrices y actores que aparecen en el filme, especialmente los de los intérpretes indígenas como Tiapuyana y Yauenkü Migue. Ninguno de ellos estudió en academia de actuación alguna, pero el pleno convencimiento del mensaje que querían entregar, sumado a la actitud ética asumida por el equipo de producción, logró que dieran en el clavo. Imposible no acordarse del neorrealismo italiano y de Ladrón de Bicicletas. Ojalá que estas personas no se conviertan para la prensa mediática en animalitos curiosos que hoy se alaban y luego se olvidan, como le ha pasado, digamos, a Juan Pablo Montoya en estos días. 

Ojalá que quienes vean El Abrazo de la Serpiente puedan comenzar una ruta hacia esa región natural de nuestra Colombia desconocida que la rescate del olvido y que nos haga valorar, respetar y disfrutar el legado que aún lucha por sobrevivir. Estas son alternativas para desarrollar la interculturalidad, al menos en el inicio de su ejercicio.

¿Nos atreveremos ahora a recorrer los caminos de la Serpiente?

Les dejo una entrevista al director y a los protagonistas de la película:



Y su avance oficial:


Ficha técnica de El Abrazo de la Serpiente.


Las puntas

Manifiesto mi saludo  a lectoras y lectores de este blog no sólo en mi país, Colombia, sino también en países del continente como Estados Unidos, México, Ecuador, Chile, Argentina y Bolivia, e incluso en Alemania, Rusia y Ucrania. ¡La maravilla de la tecnología! Gracias por sus aportes y por seguir estas entradas. 

Oscar Arnulfo Romero ahora es beato de la iglesia católica según el rito romano. Dice la prensa que el partido político fundado por su asesino intelectual salió a sumarse a la celebración por el hecho. Como si nada. Este tipo de situaciones no puede ser olvidado en medio de los hosanas y los aleluyas de los que declaran a Romero "mártir del amor", cuando en realidad es el "mártir de la justicia". Hacerlo sería agregar otra dosis de edulcorante al mensaje de san Romero de América. 

viernes, 15 de mayo de 2015

The King is gone, but... (El Rey se ha ido, pero...)

"Lo maravilloso de aprender es que nadie puede arrebatárnoslo".

A Mónica, Jhonathan y Juan José. Esta es la tristeza, el blues.


B. B. King, retratado por Sterling Hudley.
Ilustración para la revista Rolling Stone, agosto de 2008.

Uno se levanta temprano, antes de que salga el sol. Enciende la radio para escuchar las noticias. De pronto, suena una música que es parte de la banda sonora de la vida propia, porque ha construido fibras del cerebro y del corazón. Qué maravilla. Sin embargo, la alerta aparece inmediatamente: ¡esta música no es parte de la programación de ninguna emisora de moda! Y el locutor entonces anuncia: en las últimas horas falleció el intérprete, o el creador de esta melodía que están escuchando, amables oyentes. No es, de ninguna manera, la mejor forma de comenzar el día. 

Me pasó a finales de 2012 cuando me enteré de la partida de uno de mis héroes, el maestro Ravi Shankar. Y me ha pasado hoy, con el anuncio del viaje definitivo de otro de ellos, del maestro Riley Ben King, mejor conocido como Blues Boy King o B. B. King.

Hace más o menos 15 años, caminando por las calles del centro de Bogotá, supe de su existencia, cuando ya llevaba varias décadas ejerciendo su derecho a tocar el blues, como él mismo dijo alguna vez. Fue en un puesto callejero que exhibía colecciones de discos; allí me encontré con él y con los Yardbirds. El disco de B. B. que adquirí en esa ocasión estaba conformado por temas de un concierto ofrecido junto a su banda en Kansas City, en 1972. Bastó escucharlo para entrar por una puerta alucinante al mundo del blues, del cual no me quiero ir. A partir de B. B. conocí a los otros dos kings del blues -Freddie y Albert-, a T. Bone Walker, Muddy Waters, Willie Dixon... A Howlin' Wolf, Leadbelly, Sonny Boy Williamson I y II -que no eran familia, como no eran familiares los tres reyes-... A Buddy Guy, Bukka White -este sí, primo de B. B.-, obviamente a Son House, Bessie Smith y Robert Johnson... Una lista interminable que dio paso a otra, conformada por los estudiantes de estos maestros: Eric Clapton, Jeff Beck, Pink Floyd, Peter Green, Susan Tedeschi, los Manal, Pappo... En fin. 


B B. King de joven.
www.teabreakfast.com
B B. y Lucille.
www.bbking.com





















¿Qué lo hace tan especial? B. B. King tuvo la gran fortuna de ser un músico de blues reconocido y apreciado no solamente por su generación, sino por las posteriores. Si se presentaba en el Festival Crossroads, convocado por Eric Clapton como una suerte de reunión de los mejores guitarristas, su presencia era reverenciada cariñosamente por todos los participantes y, cómo no, por los asistentes. Siendo en la práctica el más joven de las primeras grandes leyendas del blues, de esas que se formaron en el sur de los Estados Unidos a punta de resistencia ante las discriminaciones, la pobreza y las tristes historias de vida, que se inventaron una forma totalmente original y novedosa de cantar, tocar y expresar los sentimientos más profundos, B. B. era como una especie de cable de seguridad que mantiene unidas dos épocas distantes, pero similares en el hecho de que la gente sigue sintiendo tristeza, pero también sigue con ganas de estar alegre a pesar de los pesares, a pesar de las normas y de los protocolos.

Más allá de este "papel de cadena" -una responsabilidad que no es para cualquiera- y de las circunstancias de debilidad que cualquier Homo sapiens tiene que enfrentar y reconocer, B. B. King era un buen tipo. Nunca he visto un concierto suyo -gracias a Internet- en que no le diera a los músicos de su banda la oportunidad de lucirse ante el público, con reconocimiento de nombre y apellido a cada uno tras su intervención. Nunca un concierto en que se tomara buen tiempo para hablar a la audiencia, para no tomarse a sí mismo tan en serio y bromear. Si veía un talento, se daba el gusto de reconocerlo y de mostrarlo tanto a sus pares como a su público. Tengo entendido que una vez que fue a Buenos Aires, conoció y escuchó a Pappo, considerado por muchos como el mejor guitarrista de blues argentino; fue tal el grado de emoción que tuvo al ver al Carpo con su viola y el impacto que generaba en el respetable, que le propuso irse a Nueva York para tocar con él en el Madison Square Garden. Pappo nunca olvidó este detalle.

En las entrevistas, B .B. no se daba importancia y prefería reconocer la de otros. Le preguntó Brian Hiatt de la revista Rolling Stone (agosto de 2008) acerca de cuándo se dio cuenta de que su estilo estaba teniendo una gran influencia. "Bueno, estaba mirando la TV una noche", recordó, " y el cantante de los Beatles, John Lennon, dijo que desearía tocar como B. B. King. Casi me caigo de la silla. Y comencé a pensar: 'Dios, ¿qué estoy haciendo? Es el grupo más grande de la Tierra y el tipo dice eso de mí'. Traté de no creérmela" -no hay que olvidar que Lennon mencionó a King en la letra de la canción Dig It, del disco Let It be-. A renglón seguido, demostró que tenía amor propio, como el resto de mortales: "Pero seguro que pensé en ello. Era como si bajara Jesús y dijera: 'Sí, B. B., eres bastante bueno'". Y probablemente no estaría haciendo referencia a aquello de "somos más populares que Cristo". 

En la misma entrevista también se refirió a sus debilidades musicales, las cuales tuvo en cuenta para elaborar su estilo, característico por el empleo del vibrato al pulsar las cuerdas, las frases sorpresivas que arrancaban en notas agudas y los solos calmados: "yo quería tocar como mi primo Bukka White y otros grandes guitarristas que usaban slide -técnica de guitarra que consiste en deslizar sobre las cuerdas, entre los trastes del diapasón, una forma cilíndrica para producir un sonido muy característico-. Pero tengo dedos muy torpes. No sirven para el slide". ¿Velocidad a la hora de tocar, la obsesión de no pocos guitarristas?  "Bueno, los guitarristas son como los vaqueros en el salvaje oeste. El más rápido es el que practicó más. Pero yo ni siquiera hablo rápido, ¿así que por qué debería tocar rápido? Lo que principalmente trato de hacer es tocar las notas para que tengan sentido, no sólo para mí, sino también para ti. Si subiera al escenario y tocara sólo lo que se me ocurre, probablemente me mirarías como diciendo: '¿qué diablos está haciendo este tipo?'".



De izquierda a derecha: Albert King, B. B. King,
Eric Clapton y Stevie Ray Vaughan.
http://i.telegraph.co.uk/multimedia/archive/02373/stevierayvaughan_2373087b.jpg

Hiatt le preguntó, finalmente, qué pasaba por su mente cuando estaba metido en un solo. B. B. reconoció que nadie le había hecho esa pregunta anteriormente, pero se animó a contestar: "a veces olvido quién soy. Cuando estoy en el escenario, no me pongo a pensar en mí mismo. Pienso en la historia que estoy intentando hacerte entender. Es como hora, hablando contigo: me hace sentir bien que puedas entender lo que intento contarte. Aunque no cuente con todas las palabras, estoy haciendo lo mejor que puedo. Eso mismo es lo que pienso cuando estoy tocando".

Por todo lo expuesto en esta entrada, y especialmente por lo que señalado en el párrafo anterior, puedo comprender por qué aquel niño nacido en Itta Bena, Misisipi, me cautivó desde aquel disco suyo que encontré en el centro de Bogotá. B. B. King fue y seguirá siendo un auténtico comunicador de sentimientos y de ideas a través de la música. Por eso me duele mucho que nos haya dejado, aunque permanecen sus grabaciones. Su guitarra Lucille quizás esté llorando, mas su voz, que se hizo una con la voz de King -impresionante, sentida, auténtica-, seguirá resonando en nuestras mentes y en nuestros corazones. B. B. cantó "el estremecimiento se ha ido" -the thrill is gone-. "The King is gone", pero de alguna forma se queda.

Finalmente, les dejó esta entrevista hecha al artista que cuenta con una animación muy interesante.



Las puntas

Una mención especial como homenaje a las profesoras y a los profesores en su día -al fin, ¿se ganó o se perdió con el reciente paro? Unos dicen una cosa y otros otra-. Y también en el Día de la Banderita, un abrazo para la Cruz Roja. La idea de Henri Dunant sigue sirviendo al mundo. 

Con todo respeto. Parece que al señor obispo de Fontibón, Juan Vicente Córdoba, le pasó lo de la Chimoltrufia en su charla en la Universidad de los Andes: "cuando digo una cosa, digo otra". Quizás su propósito era dar a entender que para Jesús, el de Nazaret, no son importantes las inclinaciones sexuales de quienes siguen su mensaje -y eso está muy bien, realmente bien-, pero escogió expresiones que pueden sonar ofensivas para ciertas personas. Reconozco su entereza en las excusas que ofreció de manera pública posteriormente.


miércoles, 13 de mayo de 2015

Salento y el Valle de Cocora - Entre la belleza y el respeto

El departamento del Quindío (en verde).
http://www.turiscolombia.com/quindio1.html
El tamaño del departamento del Quindío, en Colombia -el segundo más pequeño del país- no es motivo para negar o ignorar su belleza. Al contrario. Nuestra sociedad, nuestro mundo globalizado, proclama constantemente las ventajas de lo grande, de lo "mega", de lo que se impone por su dimensión descomunal. Sin embargo, el Quindío puede presentarse como una hermosa excepción a esta regla artificial.

En el mapa colombiano, el Quindío podría asemejarse a una piedra preciosa ubicada, con todo el arte y la destreza de una colocadora, en el mosaico que llamamos Eje Cafetero o Triángulo del Café, entre las cordilleras Occidental y Central. Aquí están, aquí permanecen, el saco repleto de grano, el arriero, el jeep Willis, los recolectores, las chapoleras -mujeres recolectoras- y los gariteros  
-personajes encargados de anunciar con un grito característico a los recolectores la bogadera, bebida refrescante y energizante con limón y panela-, entre muchas otras figuras. 

La situación particular de esta zona del país, que poco a poco se ha recuperado después del sismo de 1999, plantea ser estratégico a la hora de una visita. Debido a su tamaño y a las buenas posibilidades de movilidad, se recomienda tomar un tiempo adecuado -digamos una semana, por lo menos- para conocer los municipios del departamento que ofrecen atractivos turísticos y otras comarcas cercanas a él ubicadas, por ejemplo, en la vecina Risaralda. Y establecer una suerte de campamento base en la ciudad capital, Armenia, para facilitar el acceso a ellos. 

Génova, Pijao, Córdoba, Buenavista, La Tebaida, Calarcá, Montenegro, Quimbaya, Circasia, Filandia -no Finlandia, valga la aclaración- y Salento conforman junto a Armenia la lista de municipios quindianos. Mucho espacio se requiere para referirse a cada uno de ellos como merecen. Por lo tanto, hablaré tan sólo de uno.



Salento es el municipio más antiguo del Quindío y atrae especialmente a los turistas, tanto nacionales como extranjeros, por sus paisajes y por la belleza de su casco urbano, de arquitectura colorida y dinámico por cuenta de sus muestras artesanales. Una larga vía repleta de locales comerciales que exhiben todo tipo de productos, elaborados con imaginación, es punto de encuentro cultural y artístico. Y es una grata experiencia subir a los balcones para tomarse un café o almorzar una buena trucha, preparada de varias y apetitosas maneras, acompañada por un exquisito patacón de plátano, grande y crocante, sin olvidar el "hogao", una salsa especial.






Pero no todo es urbano en lo que a Salento se refiere. No se conoce verdaderamente ese rincón de Colombia si no se acude al Valle de Cocora, reserva que forma parte del Parque Nacional Natural Los Nevados. Cocora -que en el lenguaje de los Quindos significa "princesa indígena" o "estrella de agua"- se puede recorrer a lomo de caballo, si no se teme andar sobre el animal por caminos humedecidos por las lluvias. Aunque no hay nada de qué preocuparse: los humildes corceles conocen perfectamente las rutas y pisan con más seguridad que cualquier humano. O se puede ejercitar las piernas, lo que permite un contacto más íntimo con el paisaje. Abrazando una palma, por ejemplo.

Cocora es el hogar de la palma de cera del Quindío -Ceroxylon quindiuense-, el árbol nacional de Colombia según determinó la Comisión Preparatoria del III Congreso Sudamericano de Botánica celebrado en Bogotá en 1952, decisión oficialmente reconocidea por la Ley 61 del 16 de septiembre de 1985. Entre la altura de cada árbol -entre 60 y 80 m- y la extensión del valle, con la mirada hacia arriba y hacia los lados, cualquier persona debería sentirse minúscula, sin más sentimientos que el agradecimiento, la veneración y el respeto por la Madre Tierra que muestra allí una de sus múltiples caras. No pocas veces, los truenos y los relámpagos de las temporadas de lluvia aparecen para ayudar a recordarle a turistas, visitantes y habitantes locales que son parte de la Naturaleza, no sus propietarios.




Afiche oficial para la protección
de la palma de cera
Lamentablemente, una faceta del fervor religioso popular permanece amenazante sobre las palmas de Cocora, sumándose a los factores que hacen posible su extinción. Cada Domingo de Ramos, como una forma de recordar la entrada de Jesús a Jerusalén montado sobre un burro, todavía se usan hojas de estos árboles a manera de homenaje, si bien desde hace ya varios años las autoridades han convocado a la población católica de rito romano a emplear otras opciones vegetales para demostrar su fervor. Este es, a mi juicio, un ejemplo de cómo ciertas tradiciones religiosas se mantienen entre la gente sin que ésta tenga en cuenta que pueden impactar la armonía ambiental. Es, por lo tanto, urgente una re-educación en temas de fe, en este caso cristiana, que enfatice la necesidad de abandonar ciertas prácticas que, si se miran bien, no forman parte esencial de la propuesta de Jesús de Nazaret: su mensaje no se modificará si dejamos a las hojas de palma en su lugar. Sin embargo, no basta con la acción oficial. La iglesia como institución y como comunidad debe sumarse con mayor ahínco a este esfuerzo.

En Salento se ejercita el sentido estético y en el Valle de Cocora se puede practicar el respeto. Dos motivos, tan sólo dos entre muchísimos, para conocer esa hermosa piedrita verde del mosaico cafetero que es el Quindío.


lunes, 13 de abril de 2015

Don Galeano

Una carta para un maestro, amigo y compañero de viaje.

Alguna vez me tomé la libertad de hacer este meme.

Don Galeano:

Hoy, usted y su colega Günter Grass partieron al Infinito, como digo cuando algún ser querido por mí inicia ese trayecto que debería ser natural para todo el mundo. Supongo que se encontraron en la sala de espera de la terminal invisible y aguardaron allí, juntos, el bus que dice en la tabla: "Destino: Eternidad". Si otro colega de ustedes, José Saramago, estaba en lo cierto, de seguro estarán hablando de cualquier cosa menos de literatura. De fútbol, por ejemplo. O de mujeres. O de política. En fin, tendrán mucho de qué hablar los tres. Tengo que reconocer que a don Günter apenas lo conozco de vistas, por la película que hicieron sobre El Tambor de Hojalata, y que a don Sara no lo han tocado mis ojos. Con usted, la cosa es diferente.

Ya que no pude cumplir con el sueño de ir a su Montevideo del alma a entrevistarlo, o mejor, a charlar con usted en el Café Brasilero, le escribo esta carta. Creo que no soy el único que lo hará: montones de latinoamericanas y de latinoamericanos, incluso gente que no lo es, también estará redactando, recordando, llorando, riendo a su salud, a su vida. Un amigo mío dice que no lo va a extrañar mucho, ya que nos quedan sus libros. Una amiga mía dice que no lo deja morir hoy: "yo lo mantengo vivito... por siempre". 

La primera vez que supe de sumercé fue en los libros de texto del colegio. Cosa curiosa, por lo menos. Creo que lo primero que leí de usted en ellos fue un fragmento de sus Venas abiertas de América Latina, aquel que habla del demente Ubico en Guatemala. Le perdí la pista hasta comienzos de este siglo, cuando escuché 500 Eng-años, la serie radiofónica escrita por mis amigos María y José Ignacio López Vigil basada en su libro más reconocido. Después de escuchar, a correr. A correr para buscar el texto impreso. Y a leer para aprender. Fue tan buena la adaptación de mis amigos, que mi suegra también siente hoy su partida, tras escuchar una y otra vez esos programas que la ayudan a pensar y, la verdad, también a dormir cuando, en ciertas noches, el martillo del físico insomnio no la deja descansar. Una paradoja.

A mí me parece que usted trató al final de restarle mérito a las Venas porque percibió que se convirtió para muchos en un ídolo más. Quizás intentó -en palabras suyas o de algún otro, no recuerdo- dinamitar su propia estatua antes del Viaje, para que no nos olvidáramos de que la Inmortalidad es un peso muy grande, y más si se padece en vida. Y de que su obra no puede engrosar la tétrica lista de los textos dogmáticos. Bueno. Pero por favor no nos culpe si de aquí en adelante lo mantenemos bien activo en la biblioteca de la casa, en la tableta o en el teléfono celular para leerlo cada vez que lo deseemos, que lo necesitemos o que, simplemente, nos dé la gana de pasar la vista sobre alguna vaina que contenga grafemas, por esa manía de leer que tenemos. Es que sencillamente aprendimos a quererlo.

Usted dijo que Las Venas fue hecho para conversar con la gente. Pero le cuento que ese objetivo se cumplió también con los otros escritos. Yo leí Días y noches de amor y de guerra y Patas arriba: La escuela del mundo al revés. Sólo llevo tres libros suyos. Ya ve que no soy fanático, o que por lo menos doy tiempo al tiempo. Y con ellos dos, digo, también me sentí como conversando con usted, como viendo reflejadas en su narración, en sus historias propias y ajenas, mis propias historias. Ellas también propias y ajenas. Eran, son conversaciones como las que se tienen con ese tío viajero que ha recorrido el mundo, sin echar raíces en ninguna parte pero amante como ninguno de su propia tierra, y que comparte su sabiduría sin alardear ni adoctrinar, enseñando a pensar con la cabeza propia. 

Y vaya que nos va a costar hacerlo ahora sin usted en física presencia. Perdone. Eso sí le molestaría: delegar el deber de reflexionar en el ídolo intelectual. Podemos seguir leyéndole, pero nunca renunciando a ese compromiso.

Dijo el de Nazaret: no llamen a nadie maestro, porque solamente tienen uno. Yo creo que él con esto estaba advirtiendo acerca del servilismo intelectual, esa tendencia a no querer asumir el riesgo y la libertad de usar el cerebro junto al corazón. Yo a usted lo llamo don Galeano, por respeto cariñoso, como don Ata le dicen a Atahualpa Yupanqui. Pero de cara a lo que me ha pasado con el Moreno, con Mario Kaplún y con usted, si ser compañero de camino así las rutas sean mentales; si ser amigo es sentir compañía así nos separen miles de kilómetros; si ser maestro es enseñar en las calles y en los campos la vida de forma sentipensante -sí, ya sé que el concepto no es suyo-... Pues los tres son mis compañeros de camino, mis amigos, mis maestros. Eso sí: no vaya a creer que serán los únicos. No, creo que no lo creerá.

Ahora que tome el bus rumbo a la Plaza Eternidad en compañía de don Günter, le pido por favor que siga escribiendo. Aunque creo que esta petición no será necesaria. Quizás ya esté pensando en aprovechar el viaje para recolectar entrevistas a tipos como Artigas, Bolívar, el obispo Romero, Allende y el Che. Entrevistas a María Carolina de Jesús, a los cuatro obreros que murieron en aquella fábrica de conservas de pescado que hedía a gas. Entrevistas a los famosos y entrevistas a los que no lo son. Me gusta pensar que, cuando me toque a mí también abordar ese bus y llegue a esa plaza, esos nuevos trabajos estarán disponibles para su lectura. ¿No fue usted el que habló del derecho a soñar, del derecho al delirio?



Buen viaje entonces, don Galeano. Por allá nos veremos.

martes, 7 de abril de 2015

Dar a los "héroes" su justo lugar

A propósito de la anunciada visita del papa Francisco a Colombia.

Tras conocerse en plena Semana Santa a través de los medios de información el anuncio de una visita oficial del papa a Colombia, publiqué en redes virtuales algunas opiniones acerca de la noticia. Quisiera ahora reflexionar acerca de otros detalles que surgen a partir del hecho.

Ha dicho mi amigo el sacerdote Mario Castellar que mira "con preocupación que su venida (la del padre Bergoglio) sea asumida con la mentalidad mágico religiosa de la mayoría de los colombianos y (que) sea motivo de manifestaciones papolátricas como las que se vieron en anteriores visitas papales, que no conducen a ningún cambio de conducta en la mayoría de la gente". Voy a ahondar en el enfoque que plantea Mario y no en lo que está trasnochando, al parecer, a ciertos sectores políticos del país, temerosos de que el viaje del Obispo de Roma se "politice". No hay que pertenecer a ningún partido para saber que esa es una posibilidad tangible; basta con tener dos dedos de frente, como dice mi mamá.

Le doy la razón a mi amigo el cura: la relación de muchos católicos con la figura del papa llega a extremos, si bien no similares, al menos comparables a la que puede tener, por ejemplo, una adolescente anglosajona con The Beatles en su momento o Justin Bieber en este. ¿Cómo una efigie que hace cien años era tan lejana y, por lo tanto, tan intocable, es ahora al menos en apariencia tan cercana, tan apreciada, tan querida por tantas personas?

¿Quién hubiera ido detrás de la litera de algún pontífice de comienzos del siglo XX, digamos, a besarle la mano para luego salir corriendo, ahogado por las lágrimas ante semejante privilegio? En aquella época, entre el papa y la gente había una barrera invisible gruesa. La cosa comenzó a cambiar con Juan XXIII y la enorme simpatía que a nivel mundial generaron su trabajo, su propuesta de renovación -que no siempre impregnaba todo lo que salía de su cabeza, según ha escrito Hans Küng, mas esto no le resta méritos- y, sobre todo, sus actitudes y sus gestos. Estos aportes fueron capitalizados posteriormente por sus sucesores, especialmente los Juan Pablos, y sobre todo el segundo.

Ilustración de Naide para el texto
"Mis encuentros con el papa", de Daniel Samper P.
Hablando del padre Karol, cuenta Daniel Samper Pizano en uno de sus sabrosos textos, que alguna vez pudo asistir a alguna de sus audiencias colectivas: "estas audiencias, para los que crean que es una reunión privada con el Santo Padre, son en realidad multitudinarias congregaciones de peregrinos (que es el nombre religioso del turista) en las cuales el más afortunado de los presentes logra divisar al Papa a unos 50 metros de distancia. Esta vez, sin embargo, volvió a suceder una cosa rara. A diferencia de sus antecesores, que despachaban bendiciones desde lejos a la audiencia, el Papa quebró las normas de protocolo y se acercó hasta la horda de fieles que lo miraba y aplaudía. Saludó de manos a muchos, alzó a un niño, lo tiró al aire, le hizo dar tres saltos mortales antes de volverlo a recibir con sus manos como palas, sonrió de cerca a algunos peregrinos sicilianos y regó una ducha de carisma en la atiborrada asamblea que lo vivaba como a una estrella de cine o una luminaria del rock" (A mí que me esculquen, "Mis encuentros con el papa", Editorial Oveja Negra). 

Así fue: la "persona del año" en 1994 -según la revista Time- fue quien dio forma definitiva al papal star system y estas pautas de relación con la feligresía, hábilmente desarrolladas gracias a los avances tecnológicos de los medios de información, han sido seguidas por sus dos sucesores a la fecha con mayor o peor fortuna. Pero no es cosa solamente de los medios: hay propuestas estratégicas contundentes, como la Jornada Mundial de la Juventud, que yo en ciertas ocasiones he cuestionado porque parece una maniobra publicitaria de la institución, hecha con el deseo de montones de chicas y chicos de "apoyar al papa" -se habla más de eso que de apoyar a Jesús y a su mensaje, y sobre todo, de practicarlo plenamente- y que también tiene, retomando lo que cuenta Samper, un mucho de negocio turístico. 

La relación que actualmente tiene el papa con amplios sectores del catolicismo "de a pie" tiene bastante que ver con la figura mítica del "héroe", figura que se admira por sus obras o por las narraciones que de ellas se hacen, en las cuales se llega hasta el punto de que cruzar un camino se convierte en la épica hazaña de atravesar todo un continente. Según lo veo ese es el problema de las figuras públicas admiradas: son tan apreciadas, que se las eleva y no somos capaces de darle su justo lugar en el espacio, en el tiempo, en la historia. A los santos del cristianismo se les sigue mostrando como figuras intachables, por aquello de que son ejemplos "mediadores", y no se habla de sus errores, de sus caídas, de sus dudas y de sus "metidas de pata", porque todavía se cree que la santidad, a escala de las personas, es sinónimo de perfección. Sin olvidar que verle fallas al santo es restarle "el poder" para que haga "el milagro".

Yo propongo que ante esta perspectiva tengamos el coraje de darle a nuestros "héroes" y a nuestras "héroas" -como alguna vez le escuché a una niña en la calle, valga la ternura- el lugar que les corresponde y hablarle a la gente, con respeto pero también con argumentos, para que también lo haga así. Término medio: bajarlos pero sin enterrarlos. Sería un esfuerzo de honestidad ética y espiritual bastante pertinente. Me parece que un ejemplo muy interesante de cómo hacer este ejercicio es la forma como mi maestro Mario Kaplún se refirió, poco antes de su partida al Infinito, a su relación con una de las "leyendas" de la comunicación en América Latina, el padre-monseñor José Joaquín Salcedo, el hombre de Radio Sutatenza. Los que proponen novedades no necesariamente en cada paso de su vida tienen en el rostro el color de lo nuevo -toda una veta para analizar-, y así lo contó Kaplún:



La punta

Un montón de gente en el mundo es Charlie Hebdo y Germanwings. ¿Quién se atreve a ser Kenia, tras la masacre en la Universidad de Garissa? ¿Quién oyó hablar, en este lado del mundo, antes de este hecho terrible, de esa ciudad, de ese centro educativo?