jueves, 3 de marzo de 2016

Soy absurdo porque voy a hacer mercado.

A mi vieja.

Leí hace unos días la entrevista hecha por la revista Semana a uno de los creadores de cierta aplicación informática que está "revolucionando la forma de pedir domicilios y hacer compras en Bogotá. Su éxito ya la llevó a Ciudad de México". Según la empresa fundada a partir de esta herramienta, la idea es "reducir los tiempos de entrega de domicilios de cualquier tipo. Hoy entregamos un mercado completo en 35 minutos, y una gaseosa, en ocho [sic]. Y no nos limitamos a enviar alimentos".

Me llamó muchísimo la atención la manera como el entrevistado explica el sentido de su iniciativa, la cual gestiona con sus compañeros: "Lo que hacemos es simple. Conectamos a quienes quieren trabajar con quienes necesitan algo, y esta conexión está cambiando las cosas: usted ya no tiene que ir a hacer mercado (algo hoy absurdo), los mensajeros tienen más trabajo, y los tenderos de barrio mejoran sus ingresos [sic]". La revista, punto aparte, alza la ceja: "¿Ir a hacer mercado es absurdo?". Respuesta: "Hoy alguien que gana 3 millones de pesos pierde 56.000 al gastar tres horas en un mercado. En toda economía el tiempo tiene valor, y las ineficiencias retrasan el progreso de un país. [Nuestra empresa] transforma la sociedad". 

La revista, aún no convencida, insiste: "Eso podría parecer exagerado. Explíquese". "Hoy el mundo está sacándole provecho a la inmediatez y a la practicidad, y por eso no tiene sentido andar con un carrito de mercado. Ese tiempo puede invertirse en otras cosas. Una sociedad que se divide las tareas crea bienestar y valor agregado", señala el emprendedor personaje.

Pensando especialmente en los apartados de la entrevista citada, recordé que mi mamá me llevaba con frecuencia a la plaza de mercado del barrio Quirigua. Todos los sábados, ella iba a ese lugar a comprar las verduras, las frutas, las carnes y otros alimentos para cocinar durante la semana. De niño, en varias ocasiones me obligó a acompañarla ya que, como buen hijo... de la era televisiva ochentera, para mí era mucho más interesante quedarme en la casa viendo a los Transformers que irme con ella a ayudarle a mover el carrito con las provisiones bajo el sol sabatino. Me acuerdo de que, mientras ella interactuaba con vendedoras, proveedores y clientela, la mayor parte del tiempo yo permanecía  junto a ella pero también en el fondo alejado de todo eso, ansiando estar en cualquier otro lugar, menos allí. 

Cuando me casé, asumí una serie de responsabilidades en mi nueva familia. Entre ellas, la de hacer las compras del mercado. Ya nos tocaba a nosotros dos ocuparnos de esas cosas que a algunos afortunados nos las hacían antaño. Y fue entonces que ocurrió la revelación.

Lo que en mi infancia fue por lo general una actividad pesada, agobiante y nada divertida fue, a la larga, una gran escuela con tremenda maestra: mi mamá. Estoy muy agradecido con ella por obligarme a acompañarla tantos sábados a hacer mercado. Hoy, ya adulto, he descubierto en mis visitas a la plaza de mercado de mi sector un floreciente mundo de comunicación -no por nada, y lo digo sin ser experto, uno de los escenarios que más ha albergado estudios es la plaza: Quirigua, Paloquemao, Corabastos...-. En el contacto con vendedores y clientes vi a mi mamá conversar, reír, intercambiar opiniones, regatear, pensar, sentir, interactuar con sus semejantes. Sin saberlo, ahí estaba yo aprendiendo de ella: educomunicación "de la de verdad pa' Dios". Y eso que aprendí procuro aplicarlo en mis compras.

Hoy, gracias a mi mamá, puedo hablar con quienes nos proveen de papa, de yuca, de verduras, de carne y de frutas. Conozco sus nombres; cuando llego a sus puestos les saludo y ellos me reciben con amabilidad y con cariño, porque ya nos conocen. Incluso se extrañan cuando voy yo solo: "¿vino sin su esposa? Por favor, me la saluda mucho". Puedo escoger la fruta. Puedo ayudar a desgranar la arveja o el frijol y, mientras tanto, charlamos. Les pregunto por sus familias, me cuentan sus alegrías y esperanzas; en ocasiones, sus penas.  Nos angustiamos juntos cuando llueve mucho, cuando llueve poco o cuando no llueve. Criticamos al Gobierno y a la gente politiquera, hablamos acerca de la educación de la infancia, de la urgencia de no desperdiciar la comida y de no depender de las bolsas de plástico. En algunas ocasiones nos pedimos consejo mutuamente y en otras agregan al pedido algo más en gramos, o una fruta extra. Y aun si no lo hicieran, nunca nos dejan ir sin darnos una sonrisa. 

También necesitamos productos que solamente se consiguen en almacenes de cadena. Allí el ambiente es muy diferente al de una plaza de mercado, especialmente porque no hay mucho tiempo para conversar. Pero procuramos hacerlo con las cajeras y con los empacadores. Estas personas nos hablan, entre otras cosas, de cómo las mal planificadas remodelaciones del lugar donde trabajan suelen afectar su salud y su desempeño laboral; nos hablan de clientes absurdos que exigen que una sola botella sea empacada en tres bolsas plásticas; que reclaman, a punta de gritos y de groserías, un mejor servicio; que no saludan, no sonríen o no dan las gracias. ¿A cuántos podrán contarles estas cosas?

Sin demeritar su idea ni sus esfuerzos me atrevo a pensar que, para el empresario visionario del que hablé al comienzo de esta entrada, soy una persona absurda e ineficaz, contraria al progreso del país, que no reconoce el valor del tiempo en la economía neoliberal predominante y que, para colmo, lo desperdicio sin obtener ganancia alguna. Lo soy, por el hecho de ir a hacer mercado con mi carrito azul, solo o en compañía de mi esposa. Y creo que tiene razón. Soy una persona absurda que aprendió de su mamá a encontrarse con los demás en un lugar público, cotidiano y lleno de vida como las plazas de mercado. Soy una persona absurda que no quiere simplemente hacer una transacción económica, sino que ansía ver los rostros de la gente, escuchar sus palabras y, en lo posible, compartir con ella mis ideas sin imponerlas. Soy una persona absurda que no desea "dar papaya" al sedentarismo y al ostracismo social haciendo que todo me lo traigan a la casa por ahorrarme unos pesos o por hacerme un estatus. Soy, en pocas palabras, una persona que quiere ser humana en espacios humanos, lo cual requiere ese tiempo bonito del que hablaba Michael Ende en Momo al presentar al señor Fusi, barbero de profesión: el tiempo del "chasquido de las tijeras, el parloteo y la espuma de jabón". Esto no me hace mejor ni peor, valga la aclaración. Pero me hace muy feliz.



Fotografías: Exteriores de la Plaza de Mercado de Las Ferias, por Carlos Novoa Pinzón.



martes, 16 de febrero de 2016

El "asunto Teleamiga", o el juego de poder y fe

Logo del canal Teleamiga

“José Galat no me ha echado a mí del lugar. Él canceló mi contrato, vamos a decir las cosas un poco más categóricamente”. Así explicó Diego Arango, hoy exgerente del canal católico colombiano Teleamiga, su salida de esta empresa en una entrevista concedida a Blu Radio.

Arango, quien fue explícito en señalar que su trabajo durante 17 años en Teleamiga ha sido fundamental para el éxito de la propuesta que hizo al presidente de la Universidad La Gran Colombia durante un almuerzo en Miami -según sus palabras-, expresó su preocupación frente a la confusión de la que ha sido presa la audiencia del canal por cuenta de ciertas ideas de Galat acerca del papa Francisco: “El doctor Galat, que es un estudioso, un intelectual, un hombre que tiene profundos conocimientos del Apocalipsis y de las diferentes profecías, revelaciones, privadas revelaciones reconocidas [sic], él ha hecho análisis en donde él presume –no lo ha afirmado, ¿eh?- [sic], presume que el papa Francisco puede llegar a ser el falso papa o quien le está abriendo la puerta al Anticristo para la llegada del gobierno único mundial, y en ese gobierno se tendrá una religión integral”.

El exgerente y cofundador del canal agregó: “el doctor Galat tiene argumentos muy poderosos que son entendibles para personas de alto calibre intelectual. Obviamente, yo no estoy de acuerdo con esas teorías (pero) de golpe, puede tener razón”. Y aunque está convencido de que su ex compañero de labores es “un defensor de la Iglesia y de la fe”, cree que el pensamiento de Galat, difundido a través del canal, ha sido a la larga un problema para el mismo: “eso a nosotros nos ha afectado, porque en las parroquias de muchos lugares de Colombia, de diócesis, ya se dice: ‘No se vea Teleamiga’ y entonces obviamente nosotros vamos a disminuir nuestra audiencia, que la hemos logrado y a mí me ha tocado trabajar en estos años, 15 años para poder crecer una audiencia maravillosa [sic]”.

José Galat, por su parte, en declaraciones a Todelar, considera que el asunto del papa expresado por Diego Arango “es una cortina de humo” que éste elaboró como un “pretexto, cuando supo que tenía que responder por un cambio (una actualización dentro del canal) (…) y no respondió”. En todo caso, tiene muy clara su posición frente al papa Francisco: “me dan grandes dudas algunas afirmaciones de él, de tipo doctrinario, que contradicen los dogmas. Por ejemplo, que no hay verdades absolutas. Por ejemplo, que todo el mundo se va a salvar, cumpla o no cumpla los mandamientos, etc. Son una serie de afirmaciones de tipo doctrinario que suscitan una gran perplejidad y una gran confusión en la gente. Necesitamos que el papa nos aclare muchas de estas afirmaciones que él vive haciendo”. Galat agrega: “(Francisco) es un papa muy distinto a los papas anteriores” que, aunque tiene cosas buenas, como la popularidad, “no significa que guarde la integridad de la fe” al negar, según él, verdades de la misma. “¿Cómo nos vamos a salvar gratis?”, se pregunta Galat a partir de lo que ha escuchado del papa. Y reitera: “Si tú niegas un dogma, niegas todo”.

Poco tiempo después de estas declaraciones, la Conferencia Episcopal de Colombia emitió un comunicado en el que “rechaza enfáticamente las afirmaciones del Doctor [sic] José Galat y del Doctor [sic] Rafael Arango, y lamenta que un canal que se autodenomina católico, se deje llevar por fundamentalismos que ningún bien hace a los creyentes. Esperamos que, después de una seria y concienzuda autoevaluación, el canal Teleamiga vuelva a transmitir fielmente la doctrina católica, evitando debates innecesarios que solo provocan en los fieles perplejidad, desorientación y escándalo”.

Todo el episodio relatado hasta aquí es una escena más del juego de poder que se desarrolla en la Iglesia Católica según el rito romano y que suele ocultarse con el fin de no desentonar con el llamado a la unidad y a la fraternidad, de no quedar mal, de no “dar papaya”. Dicho juego implica desacuerdos, intereses contrarios que chocan, la necesidad de crear y conservar influencia, el afán de demostrar con el fin de legitimar posiciones. Se trata de un panorama complejo en el cual salen perdiendo las personas creyentes, la gente del común que no entiende de teologías ni de estrategias.

Tengo que reconocer que no soy un “teleamigo” –como se denomina, en los códigos internos del canal, a su audiencia- y que por lo tanto no puedo hacer un juicio de valor a todo su proyecto. Pero dentro del juego de poder que he señalado identifico un elemento en el discurso del canal que proviene precisa y especialmente del señor Galat y de otra de las figuras reconocidas de Teleamiga, Rafael Arango Rodríguez, también mencionado en el comunicado de la Conferencia Episcopal: una obsesión por los “tiempos finales” y por los “castigos”.

En 2015, en su cuenta de Facebook, el señor Rafael Arango Rodríguez pidió oración rogando por la misericordia de Dios ante la amenaza de un terremoto en Bogotá que se constituiría en un castigo divino por los muchos pecados que en esta capital se cometen. Generó tal alarma que pocas horas después tuvo que hacer una nueva publicación con aclaraciones. Lo que hay que subrayar son las razones ofrecidas para la catástrofe: “abortos incontables, nuevas leyes que conceden ‘derechos’ a los homosexuales, corrupción hasta en la misma justicia, crímenes de toda índole, una juventud desordenada y que se impone sobre la débil autoridad de sus padres…”. Posteriormente Arango retiró ambos mensajes de la red virtual.




Estoy de acuerdo con el señor Arango Rodríguez en que la nuestra es una sociedad descompuesta. Hay injusticia y crímenes, claro que sí. Pero el hecho de que en su lista incluyera expresamente referencias a los homosexuales y a la juventud descarriada genera la pregunta de si el ofendido en estos casos puntuales es Dios, o es él, Arango Rodríguez, junto a la gente que piensa como él. Aparte, ¿cómo se puede identificar el Dios del Evangelio que pretende anunciar el canal Teleamiga con ese dios tipo Enola Gay que, según Arango y sus videntes anónimos, es capaz de bombardear sin miramientos ni consideraciones, destruyendo una ciudad en segundos? Es un doble juego, una doble postura. ¿Dios es Amor, o es un vengador ciego y sanguinario? Ante este hecho, ¿cómo no va a estar la gente confundida? Claro que ahora la confusión no está aquí, sino en si el canal está o no del lado del papa. Por lo tanto, hay más de un motivo para la perplejidad.

Sospecho que la difusión de estas ideas responde a una postura del señor Galat y de los suyos que se puede confirmar con el asunto de la despedida de Diego Arango –ignoro si es pariente del señor Rafael-. Dichas ideas son la justificación de un estado de cosas que a ellos no le interesa que cambie. No hubo ni hay “dudas” frente a figuras como Juan Pablo II y Benedicto XVI. ¿Por qué ahora sí las hay con Francisco? 

Diego Arango habló de dos situaciones concretas, entre muchas, que preocupan a Galat: el video en que el papa llama al diálogo entre las religiones y su negativa a juzgar a los homosexuales. Ambas son vistas por Galat y por muchos católicos como señales de la descomposición de la cristiandad, como actos permisivos con clara raíz maligna, cuando en realidad la primera es un llamado al respeto mutuo -que, entre líneas, a mi entender señala que los católicos no debemos creer que tenemos el monopolio de la salvación ni que somos superiores a nadie-, mientras que la segunda es una invitación concreta para practicar la misericordia. Las sospechas de Galat me hacen recordar las reacciones negativas de no pocos católicos, especialmente de propietarios de tierras y de medios de producción, cuando el papa Pablo VI, en su encíclica El progreso de los pueblos, afirmó que “la propiedad privada no constituye para nadie un derecho incondicional y absoluto”. Seguramente aquellas buenas gentes afirmaron tajantemente que estas palabras del papa eran bastante sospechosas también: todo un atentado al orden establecido

Muchas de las palabras del papa Francisco no se acomodan al pensamiento de personas como Arango y Galat. Sobre todo, las que según ellos le quitan prestigio y legitimidad a la iglesia institucional, y a un discurso que, directa o indirectamente, justifica sus propias seguridades y sus cuotas de poder. Gente como ellos quiere ver en la fe lo que les interesa, en su beneficio, y con base en esto determinan para otros qué está bien y qué está mal. Nada hay más alejado del mensaje del Evangelio que su obsesión por los “tiempos finales” y por los “castigos”, la cual es la verdadera cortina de humo que cubre el llamado a la justicia, a la misericordia y a luchar por la dignidad de toda persona. No quieren servir a la gente, sino guiarla según les convenga. Y esta, a cambio de esta guía, debe sacrificar su propio criterio, su capacidad de pensar y de hacer preguntas, su derecho a la comunicación. En una palabra, su dignidad. 

Para estos propósitos aluden a sus conocimientos y estudios, a sus ideas de "alto calibre intelectual", para dar más peso a su mensaje y más autoridad a su figura. Y para tomar más distancia de sus semejantes. Ideas que solamente unos pocos entienden, los mismos pocos que las traducen a la gran masa de simples. Con todo, me pregunto cómo una persona tan instruida como el señor Galat teme la aparición de un gobierno único mundial pero no es capaz de ver que este, de hecho, ya existe: se llama neoliberalismo globalizante. Y habría que ver si estaría tan asustado si la única religión impuesta por ese gobierno fuera el catolicismo, naturalmente tal y como él lo entiende y como a él le sirve. 

Este "asunto Teleamiga" debería ser una lección para todo creyente cristiano, para toda persona que basa su vida en el Evangelio: urge tener el criterio, la valentía y la coherencia para examinar todos los contenidos que se nos ofrecen a través de canales de televisión, emisoras, periódicos, páginas web, etc., que cuenten con el rótulo "católico" o "cristiano", ya que el hecho de que los tengan no es garantía de que todo lo que en ellos se emite es positivo y acorde con el mensaje de Jesús de Nazaret. Y como puede apreciarse en el caso de la salida del señor Diego Arango de una empresa que él concibió originalmente -según sus palabras-, no hay que creer que dichos medios son espacios serafinescos e inmaculados: allí se encuentran mujeres y hombres con luces y sombras, como cualquier integrante de la única raza que existe: la raza humana.

Para terminar, la actitud del señor José Galat me recuerda un personaje de mi maestro de la comunicación Mario Kaplún: el respetuoso señor Soto. De él dice así por boca de su inolvidable padre Vicente: “de modo que Soto invocaba permanentemente al obispo. Para él, la palabra del obispo era sagrada. Defendía ardientemente al obispo. Atacaba y acusaba de desobediencia al que se permitiera la menor crítica al obispo. Pero todo eso, mientras creía que el obispo pensaba como él. Como él quería. Como a él le convenía. Pero cuando el obispo habló, y dijo lo que a él no le gustaba, ¡se acabó el respeto al obispo! ¡Se acabó la obediencia al obispo! ¡El obispo también es hereje! ¡A la hoguera con él también! En fin… Cada día se aprende algo nuevo, Señor”. 

Escuche al respetuoso señor Soto aquí:



La punta

José Ignacio López Vigil publicó, a finales del año pasado, un nuevo libro llamado Pasión por la radio. Recomiendo este texto que va más allá de una muy interesante propuesta para capacitar y educar a radialistas de nuestra América a través de la estrategia del taller: se trata de un valiente llamado a fomentar, a través de la radio en nuestro continente, valores, derechos y la búsqueda de soluciones a los urgentes problemas que ocasionamos y que, a la vez, padecemos. Léalo: se llevará unas cuantas sorpresas. Puede descargarlo aquí

viernes, 5 de febrero de 2016

Ahí están. Es lo que son.

Multitud, por Guzmán Lozano. Creative Commons, en Flickr.
Mire, ahí están. Aunque les ignoremos, aunque nos escandalicemos, aunque los condenemos, ahí están.

Surgieron del mismo material cósmico del que provenimos usted y  yo. Van y vienen por la superficie del mismo planeta en que usted y que yo nos movemos. Viven en soledad, o en compañía. Pagan cuentas, riegan el jardín de sus casas, compran un helado a sus hijos, a sus sobrinas o a sus nietos, preparan una cena para las amigas, se van de fiesta con los amigos. Tienen trabajo, o no lo tienen. Tienen certezas, tienen dudas. Pueden rezar, o pueden no hacerlo. Lloran, ríen, se enfurecen, bailan, cantan, se toman tiempo para una pausa, piensan y sienten. En muchas ocasiones no se animan a expresarse y todavía hay un grupo grande de personas que no deja que se expresen. ¿Formaremos usted y yo parte de ese grupo?

También son capaces de dar la mano a quien lo necesita. Pueden denunciar injusticias, tanto las que padecen como las que padecen otros. También pueden ayudar a devolverle la palabra, y con ella la dignidad, a quien lo necesite. Pueden cometer la locura de dar la vida por hacer lo correcto, como Hana en Los padrinos de Tokioaquella película hermosa japonesa.

Se salieron del binarismo, de la manía de clasificar todo de a pares, de la locura de fabricar y justificar fronteras bien delimitadas, infranqueables. Hay quien dice que son la prueba de la decadencia de los tiempos que corren. Pero sucede que siempre han estado ahí, desde los tiempos de la abuela Lucy. ¿No será que quienes les rechazan son los que en realidad decaen?

Ejercen la ciudadanía por el simple hecho de existir, de ser. Pueden movilizarse, pueden trabajar por una causa que beneficie a la sociedad. Pueden debatir, argumentar, liderar.

Pueden acertar o equivocarse, como todo ser humano, pero lo que son no es un error o un defecto de fábrica. No son un proyecto fallido de una deidad creadora fracasada, cuyos profetas condenan con grandes gritos sus cuerpos, sus mentes, sus deseos y sus expresiones.

Son lo que son. Son quienes viajan con banderas llamadas diversidad sexual, identidad de género, orientación sexual. Tienen muchas formas de manifestarse: lesbianas, gays, homosexuales, heterosexuales, bisexuales, intersexuales, transexuales, transgéneros, travestis, queers... 

Mire, ahí están. Aunque les ignoremos, aunque nos escandalicemos, aunque les condenemos, ahí están. ¿Nos animaremos a detener la rueda de la ignorancia, bien dispuesta siempre a aplastarles? 



martes, 26 de enero de 2016

La Jornada Mundial de la Juventud: ¿qué sentido tiene?

Una mirada reflexiva a un evento estelar de la Iglesia Católica según el rito romano.

En aproximadamente seis meses comenzará la edición número 31 de la Jornada Mundial de la Juventud, evento que se ha convertido en uno de los más importantes de la Iglesia Católica según el rito de Roma. Gran parte del atractivo que para los integrantes de esta orilla de la cristiandad tiene este encuentro de jóvenes provenientes de todo el mundo se debe a la presencia del papa en el mismo. Y tal como ocurrió en Río de Janeiro hace tres años, es de esperar que la asistencia de Francisco, sus palabras y sus acciones en Cracovia (Polonia) capten la atención de muchas personas a nivel global y, en especial, la de los medios de información.

Lo anterior, sumado al hecho de ver en mis redes virtuales a no pocos amigos emocionados ante lo poco que falta para que puedan viajar a tierras europeas en julio, tras meses de preparativos, de actividades pro-fondos y de acumular ideas y sentimientos, es motivo que me mueve a escribir acerca del tema. 


JMJ 2013, Río de Janeiro.
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¿Vale la pena realizar la Jornada Mundial de la Juventud? ¿Es de provecho para el mundo, esto es, aporta alternativas encaminadas a la solución de los problemas de las sociedades? ¿Es una expresión acorde con el Evangelio? La respuesta a estas preguntas -una sola palabra- es bastante incómoda, especialmente para los creyentes y aún más -creo- para los que viajarán a Cracovia o para quienes han asistido alguna vez a este evento: depende. ¿De qué depende? Del sentido que se le dé. 


Vale la pena si...


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La JMJ vale la pena siempre y cuando se le dé su justo lugar y significado. Se trata, desde mi punto de vista, de la oportunidad de encontrarse con otras voces, ideas y vivencias para lograr mutuos aprendizajes constructivos dentro de lo que bien podría llamarse la familia católica -según el rito de Roma, insisto. ¿Cuándo podría hacerse una Jornada que abarque a toda la cristiandad?-. Dicho encuentro debe estar orientado no solamente a la celebración de la vida desde una postura evangélica, sino también a la reflexión profunda acerca de la situación de la Humanidad -de la cual el catolicismo es una fracción- y del planeta Tierra, también de acuerdo con el Evangelio. Esta reflexión, urgente para los tiempos que vivimos -no olvidar la encíclica de Francisco- implica que toda persona que acuda a Cracovia, o a cualquier ciudad donde se realice la Jornada en adelante, debe tomar decisiones de peso, radicales, encaminadas a "soluciones plenamente humanas", como indica el Concilio Vaticano II, para las dificultades que nos aquejan. En realidad, esto no es asunto exclusivo de las peregrinas y de los peregrinos: es cosa de todos los que hemos decidido vivir según el mensaje de Jesús. Pero el hecho de que la JMJ se muestre como "la gran reunión de jóvenes católicos a nivel mundial" hace que las expectativas respecto a sus participantes sean mucho mayores, que se espere de ellos obras de misericordia mucho más efectivas. Serán examinados con mayor exigencia, digámoslo así.

No hay que olvidar que, desde luego y como ha sido en ediciones anteriores, a la JMJ de este año no solamente irán creyentes convencidos. También acudirán personas que están buscando respuestas a sus preguntas, a sus inquietudes personales: son personas en crisis a quienes les han dicho que el Evangelio es una opción que puede dar sentido a su existencia. Por lo tanto, su estadía en Cracovia es una de las responsabilidades prioritarias, no solamente para los organizadores, sino de manera especial para quienes irán a tierras polacas con un recorrido amplio por congresos, grupos de oración, vigilias y demás actividades pastorales a cuestas. La JMJ valdrá la pena si quienes buscan no se ven defraudadas, si no resultan burlados por el anti testimonio. 

Y otro detalle que hace que la JMJ valga la pena: el peregrino habrá aprendido tanto y habrá entendido tan bien su misión como cristiano, que en un punto dado entenderá que lo más importante no será cruzar el océano, sino aplicar lo recibido en su tierra, compartir lo que se le dio con su comunidad, en su propio lugar, rompiendo las barreras del egoísmo. Emprenderá así un nuevo viaje, el más necesario, sin acumular tantas millas.

No vale la pena si...


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Hace unos meses, al final de una misa en un barrio humilde de mi ciudad, el sacerdote y párroco del lugar  dijo a la feligresía: "ustedes saben que el grupo de jóvenes de la parroquia, al que pertenecen varios miembros del ministerio de música, están realizando diversas actividades para costear su viaje a Polonia, a la JMJ del próximo año. Ustedes les han comprado en anteriores semanas empanadas y sándwiches hechos por ellos mismos y así les están colaborando para lograr ese objetivo. Hoy, lamentablemente, los muchachos no tienen nada para venderles. Pero igual, ellos les van a pasar una cajita en la que pueden depositar sus aportes". 

He visto a amigas y a amigos concentrados en asistir a la JMJ de este año -algunos, casi obsesionados- realizando mil y un eventos destinados a la recolección de fondos para llegar a su meta: bailes, bingos, bazares, obras de teatro, conciertos, etc. Hasta aquí, "todo OK". Sus grupos se esfuerzan por hacer cosas de calidad que merezcan la retribución económica esperada con el fin de poder ver cumplido el sueño. Pero aparece el problema de la cajita: el grupo de jóvenes de esa historia no ofreció aquel domingo nada a la comunidad, y esta igual tuvo que darles un aporte económico "porque hay que apoyar a los muchachos", "porque los anteriores domingos sí nos ofrecieron empanadas". A mí eso no me parece justo. Sí, fue solamente por un domingo, pero cuando tienes un gran proyecto entre manos, que sabes que implica sudor y entrega, tú no quieres que te regalen nada. Al contrario: darás tu mejor esfuerzo para merecerlo. No es un buen ejemplo el dejar que te regalen si quieres ir a un lugar tan lejano para gritar que eres discípulo de Jesús. Sobre lo de "gritar" ya escribiré más adelante.

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Por otra parte, creo que la JMJ también se puede convertir en un paseo. Resulta que no pocos peregrinos terminan de turistas, con su camiseta de la selección nacional de fútbol bien puesta, con la bandera de su país bien en alto -aquí hay una delgada línea entre mostrar la identidad, para compartirla, y dejar bien clara la diferencia, para que no se acerquen-. Su viaje se vuelve una excursión salpicada con agua bendita. Obviamente, no se trata de ser mojigatos ni aburridos: en una JMJ debe reinar la alegría, la risa, la espontaneidad. Naturalmente, si viajas hasta tan lejos y si el calendario de actividades y las posibilidades monetarias te lo permiten, conoce, aprende algo del idioma del lugar, trata de hablar con la gente de allá, conoce algo de sus costumbres y cuéntales algo de las de tu país. Pero de ahí a que el gran logro de la travesía haya sido que tomaste "n-mil" fotos en todas las poses posibles, solo o acompañado, "para el Facebook" -especialmente en la que apareces al lado del papa-, hay un trecho enorme. Y el Evangelio, ¿dónde quedó?

Finalmente debo señalar que la JMJ se vuelve en un evento tan trivial como la elección de Miss Universo cuando se convierte en un asunto únicamente de auto-referencia. Los medios dicen que se reunieron miles de jóvenes católicos para decir, gritando, "mírennos, mírennos, aquí estamos". Gritan como los niños cuando tratan de llamar la atención de sus mamás para obtener una golosina. ¿La golosina de creer tener la "fe única y verdadera" que es privilegio, mas no responsabilidad? ¿La golosina de la tranquilidad, porque tanta gente reunida no da pie a ningún asomo de equivocación? ¿La golosina de la auto-complacencia, porque viajar hasta tan lejos es un sacrificio por Papá Dios que es un activo que eleva el precio de mis acciones celestiales? ¿La golosina de despreciar manifestaciones religiosas y culturales diferentes, de criticarlas sin saber nada de ellas, creyendo que la presencia en la JMJ da patente de conocimiento absoluto y eterno? Si estas son las motivaciones del peregrino, de la peregrina, la JMJ no tiene sentido. Todo el dinero juntado, todo el esfuerzo hecho, hubieran sido mejor empleados en la tierra propia, donde tantas necesidades hay.


Atención, peregrinas y peregrinos de la JMJ: que no sea así como les escuche el mundo.
Fuente: Youcat español - Catecismo joven de la Iglesia Católica. Encuentro, 2011.

Un amigo alguna vez me dijo: "ustedes, los católicos y su JMJ. Se creen boy scouts en jamboree cada vez que hacen una de esas reuniones. Hablan mucho de Dios en ellas, gritan que son muy creyentes, pero me parece que hacen más por la gente y por el mundo los scouts, quienes no hacen tanta alharaca cada vez que se reúnen a nivel mundial". Sin ánimo de aguarles la fiesta y el viaje a mis amigas y amigos que están preparando su marcha a Polonia, me gustaría que consideraran todo lo escrito hasta aquí, y que piensen antes de tomar el avión. Que piensen, y que actúen en consecuencia. De ustedes depende que la JMJ tenga sentido, o que no lo tenga.


martes, 10 de noviembre de 2015

Carta al querido maestro Kaplún


Un meme que hicimos mi señora y su servidor con ideas del maestro Mario Kaplún.


Lo saludo con mucho cariño hoy, 10 de noviembre, cuando se cumple otro año del comienzo de su Viaje Eterno. Yo había anotado esta fecha de manera especial en mi agenda con la clara intención de escribirle esta carta.

Precisamente ayer me sorprendí cuando hice cuentas mientras le escribía a una querida profesora mía de los tiempos de mis estudios de pregrado: ¡han pasado 17 años desde ese 1998! Casi dos décadas. En ese año, yo estrenaba la mayoría de edad legal y comenzaba la carrera de Comunicación. Mientras, usted pasaba los últimos momentos corporales en este planeta, repletico de años y de historias. Desde que le conozco, maestro, siempre me ha llamado la atención este hecho. Unos llegan, otros se van; los primeros tienen temores, dudas, esperanzas, expectativas. Los segundos vuelven a recorrer sus pasos, quieren dejar un legado, se ríen o lloran según la idea que les atraviesa, se someten al juicio del tiempo. Y para rematar, una frustración: usted vino a Bogotá ese año. Y me lo perdí. Pero lo que siguió compensó con creces ese desencuentro. 

Algo de lo que le dije a don Galeano en su momento también se lo digo: no lo he leído mucho a usted, pero sí que lo he escuchado, lo cual es en cierta forma otra manera de leer. Usted hablaba de esos momentos especiales de silencio, de concentración, de reflexión en su cocina, con el infaltable mate al lado, pensando en sus guiones. A mí me pasa algo parecido, ¿sabe?: han sido muchas las ocasiones, atareado en cosas del hogar, escuchando sus series, analizándolas, desmenuzándolas con la cabeza, con el corazón, asistiendo a esas clases de producción de radio que han roto todas las barreras del tiempo y del espacio. Cada audición es un viaje a mundos cuidadosamente construidos -la fonda, la escuela, la parroquia, la calle, la fábrica, la mansión, la familia, etc.-, en los que los personajes se encuentran, se des-encuentran, hacen sus propios viajes, sacan sus propias conclusiones, hacen sus propias preguntas. ¿Se los imaginó usted tan independientes?

Quizás, maestro, en algunos momentos la cosa en los guiones que escribió puede parecer un asunto blanco y negro: buenos pobres vs. malos ricos. Afortunadamente, usted sabía que existía ese riesgo. Y supo enfrentar el desafío narrativo: en sus textos, los primeros también tienen sus sombras, mientras que los segundos no necesariamente son una una masa homogénea. Los primeros también la embarran; los segundos también pueden ser sacudidos por las realidades de la vida, cuestionados, confrontados hasta la re-consideración de toda la existencia. Eso sí, usted tomó partido. Usted terció por la gente del común, por el pueblo, por los ambientes que no tienen refinaciones pero sí mucha humanidad cálida, terrena.

Lo único que realmente lamento es que, si bien estoy seguro de que nunca fue su intención opacarla, a su lado no siempre se menciona el nombre de su esposa, doña Ana Hirsz, tan apasionada como usted por la producción educativa de mensajes. Irónicamente, tanto ella como sumercé denunciaron en su momento esa sociedad machista que en buena medida ha causado esta falla. Estoy seguro de que doña Ana debió ser mucho más que Mi Tío Juan, sin restarle mérito a este enorme y delicioso esfuerzo.

Otra cosa, y para terminar: el mensaje cristiano está por doquier en su obra, maestro. Pero no como típico discurso, sino como acción concreta. Como convicción profunda. Como riesgo. Como evolución. Como apuesta que compromete, que sacude, que ofrece un criterio para obrar pero no un seguro para quedarse tranquilo. No me lo imagino a usted yendo por ahí pregonando a grito herido su condición espiritual, exigiendo un respeto que no ha sabido dar primero. Y eso también lo aprendí con usted: el mejor seguidor del mensaje de Jesús de Nazaret, la mejor creyente, habla muy poco y hace mucho, se compromete con los otros, sirve y no espera ser servido, "explica, no condena" para educar. Precisamente, sumercé: para educar como ejercicio de comunicación, la gran pasión de su vida.

Gracias por todas las enseñanzas y por su ejemplo, el cual tratamos de seguir. Será hasta cuando nos encontremos en los terrenos de lo Eterno. 

* * * 

Para conocer al maestro Mario Kaplún:



Ponencia del maestro en el 1º Festival de Radioapasionados y Televisionarios.
Centro de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina - CIESPAL.
Aquí nos cuenta varias aventuras suyas relacionadas con su obra
y con sus proyectos de democratización de la comunicación en nuestro continente.



El padre Vicente, cura de barrio, uno de los más queridos personajes del maestro Mario.
Aquí, una de sus historias, humorísticamente filosófica: "El candelabro volvedor".



Jurado 13, obra del maestro Mario tan dura y humana en su contenido y denuncia
como cuestionada durante su producción.

Cristianos en búsqueda, una propuesta para encontrar las bases del mensaje cristiano
y para aplicarlas a partir del Concilio Vaticano II. Obra especialmente "escandalosa".

Los hijos de Laura Torres, serie escrita a dúo por el maestro Mario
y su esposa, Ana Hirsz, con motivo del Año Internacional del Niño.



lunes, 31 de agosto de 2015

Historias de taxi (reales, a diferencia de la de Arjona)

Taxi, por svwnwerk. Flckr, Creative Commons.

Recientemente, y en menos de 24 horas, tuve que tomar dos taxis para transportarme en Bogotá, cosa que no es mi costumbre.

Al primero lo tomé en la Avenida Rojas. Tanto su conductor como yo cometimos errores: él se acercó al andén de forma tan equivocada que me hizo perpetrar la tontería de abordarlo con riesgo para mi vida. Una motocicleta casi me tumba; su conductor, con toda razón, me echó un vainazo. Mi integridad le importó un pito al taxista con tal de ganar lo de la carrera; mi integridad me importó otro pito por andar de afán. 

Las dos torpezas me llenaron de vergüenza, mas pocos minutos después caí en el arrepentimiento. El conductor, un hombre ya entrado en años -es la verdad, qué le vamos a hacer-, tan pronto recorrió unos cuantos metros, sin que palabra alguna saliera de sus labios,  tuvo por natural, justa y necesaria acción el subirle el volumen a su aparato de sonido, que expelía letras y acordes de temas de Johnny Rivera y los Tigres del Norte, entre otras especies de la fauna musical popular local. 


Tengo por principio personal el hecho de que es posible sobrellevar la escucha de música que uno no disfruta en condiciones razonables. Pero la cosa cambia cuando le suben el volumen dentro de un taxi sin ni siquiera preguntar -mis oídos son mi herramienta de trabajo-, bajo el sol picante de un fin de semana y en medio de un trancón en la calle 80. 

-Señor, ¿podría por favor bajar un poco el volumen de la música?

A pesar de meditar un buen rato la selección de estas palabras para que sonaran tan respetuosas como fuera posible al pronunciarlas, aquel hombre me miró como si le hubiera mentado la madre. O peor: como si hubiera ofendido sus gustos musicales. Eran ojos de "insulte a mi mamá, pero con mi música no se meta, gran...". Y pasó al ataque:

-¿Y qué quiere que le ponga? ¿Rock?

Usted disculpe, pero no creo que tenga en su discoteca ambulante a Spinetta o a Queen, sumercé. Y no sé que tenga que ver el Charrito Negro con Johnny Cash. No tendrán en común ni el color de la ropa, en serio.

-Solamente le he pedido, por favor, que le baje el volumen a la música.

De muy mala gana el caballero giró la perilla del volumen hasta un nivel aceptable, no sin sacudirse:

-Si quiere se la quito, si tanto le molesta.

-No se preocupe. Yo tengo que escuchar de todo.

Esto se lo dije con la mirada fija en el salpicadero del vehículo -que me corrijan si me equivoco: de carros no sé nada-, en donde un pequeño altar mantenía vertical un ejemplar de la Novena a la Sangre de Cristo. Muy católico el señor. Después, ni una palabra más entre cliente y proveedor de servicio. Cuánto fue, fue tanto, tome, las vueltas y buena tarde. A decir verdad, no le dije gracias. 


Foto de Anna Garlikowska. Flickr, Creative Commons.

Horas después, el segundo taxi. Su maquinista, enorme en un aparato pequeño, me deseó las buenas tardes y entendí que no le era fácil: al parecer, tiene problemas físicos de lenguaje. Pero eso no le impidió expresarse. Un ambiente amable, sin afectaciones, me animaron a trabar conversación con el conductor.

Del problema limítrofe entre Colombia y Venezuela pasamos a la situación de los taxistas en Bogotá:

- ¿Desde qué hora está camellando?

- Desde las cinco de la mañana. Y voy hasta las once de la noche.

- ¿Este carro es suyo?

- No, no es mío. Y hay que hacerle mientras uno pueda. Sacar lo de uno y lo del producido (la cuota del día que el conductor le tiene que entregar al dueño del vehículo).

- ¿Y es mucho lo que tiene que entregar de producido?

-Más o menos. Con el dueño de este carro, no hay mucho problema. La vaina es que esta ciudad es muy peligrosa. Y uno, a la par de hacer bien las cosas, tiene que cuidarse mucho. Y hay gente que no tiene en cuenta eso. Una  vez trabajé para un tipo que tenía como quince o veinte carros. Sacaba buen billete. Por esos días, me atracaron y casi me dejan mal, ¿sabe? ¡Qué susto tan berraco! Y luego voy a donde el patrón, a contarle. Y el gran mal... me recibe con la mano abierta, diciendo "a ver, mi producido".

- ¿Cómo así?

- Sí, a ese hijueputa le valía huevo mi vida. "A mí me importa un carajo, lo que me importa es mi producido". Yo me emputé. "Ah, gran... ¿Cómo mierdas quiere que le traiga su cochina plata si me hubieran hecho daño o me hubieran matado?". Y le dije cosas bien feas, ¡de verdad pa' Dios! Y él también las suyas, y aparte dice: "usted sigue jodiendo y yo le hablo a mi hijo, que es policía y tiene contactos, para que vaya viendo qué hace". "¡A mí no me amenace, triple gran... , que aquí donde me ve, valgo más yo que su hijo y no llevo uniforme". Y me largué de ahí.

- Qué pedazo de idiota, ese patrón. Parece que todos los patrones tienen su cuento.

- No crea. Una vez trabajé para uno que tenía poquitos carros. Él nos decía a los conductores: "al mediodía pasen por mi casa a almorzar". Y allá a todos nos tenía almuerzo. Y como si fuera poco, nos decía: "una vez al mes escojan el día que quieran y lo que sea el producido de esas jornada tómenlo para ustedes, para lo que necesiten".  ¿Quién hace eso ahora, jefe?

Al llegar a mi destino, y tras efectuar el pago, nos dimos la mano, fuerte, en lo que asumo como un mutuo agradecimiento, y el taxista siguió su rumbo.

Mucho nos quejamos del servicio de taxis en Bogotá. Hay motivos para hacerlo. Pero no se nos ocurre pensar en la cuota de responsabilidad que tenemos nosotros mismos ante el problema. Y mucho menos nos tomamos el tiempo para escuchar las historias de los taxistas, en las cuales encontraríamos mejores elementos de juicio.


miércoles, 12 de agosto de 2015

¡Tengo el poder de la prensa! (Que le aproveche, patrón)

Acerca de los que se creen más que los demás por ser dueños de un medio de información.

Periodismo, por Esther Vargas. Licencia Creative Commons. Imagen en Flickr.

El dolor que tengo por cuenta de la forma como se ejerce el periodismo en Colombia -y en el mundo- volvió a manifestarse tras leer la columna de Jonathan Bock aparecida en la revista Semana: El Patrón de los Periódicos, que habla acerca de la forma terrible como un barón de la prensa regional llamado Hernando Suárez Burgos maneja su emporio periodístico y trata, desde la altura de su supuesta dignidad, a sus subalternos.

¿En qué pensé tras la lectura del artículo? En otros tantos Suárez con los que me he topado durante el ejercicio de mi profesión y que se presentan a sí mismos como prohombres -¿y las promujeres?- llenos de grandes méritos. Son lo que se denomina self-made men, "hombres hechos por sí mismos", sacrificados que surgieron de las condiciones más paupérrimas y que después de toneladas de trabajo duro llegaron a la cumbre, de cuyas ventajas hoy disfrutan ante la admiración y el reconocimiento de ciertas personas. Una de sus frases favoritas: "A mí nadie nunca me ha regalado nada". 

Y a mí estas figuras me parecen altamente sospechosas porque mi experiencia me ha enseñado que, detrás de sus ejemplos, algunos muy católicos -uno de ellos se declara muy, muy, muy del rosario; dice que nunca se acuesta sin rezarlo- hay un historial de vejaciones laborales y personales, de abusos de autoridad, de egolatría construida día tras día, de grotescos episodios de un cuento inventado que ellos mismos se creen. 

Algunos de ellos están construyendo sobre la arena porque sus herederos, que se han dedicado a otros menesteres alejados totalmente del negocio de papá -¿por qué será?-, vendrán como una tormenta cuando ya no estén, repartirán a punta de abogados la herencia, despedirán a la gente que trabaja en la empresa y cada uno para su casa, con lo que le toca en el bolsillo. Y adiós a la hoy orgullosa casa. Eso sí, incluso si los cachorros deciden mantener el emporio, sus bases siguen siendo nefastas.

No sé si debo asombrarme con rabia o acostumbrarme con desdén ante el hecho de que periodistas como aquellos de los que habla Bock en su artículo ganen hoy prácticamente lo mismo que yo ganaba como periodista raso hace ocho años -empecé ganando un poco menos que aquella cantidad; el dueño del medio nos dijo un tiempo después que nos subía un tantito más el sueldo, y ojo, ¡a costa de un enorme sacrificio personal de su parte!- y que, cuando piden una mejora salarial, se les ofrezcan cincuenta mil pesos de miseria y de ingratitud. Migajas del enorme banquete que es el negocio de la información, un banquete del que sólo disfrutan unos pocos, mientras que otros se quedan afuera o, peor, son parte del menú. ¿Un poco más para la depresión? Reportes desde otras tierras, indicando que se pone en marcha la ley mordaza. Algo así como estar entre la espada y la pared. Por cierto que los dueños de los medios ya tienen su propia ley mordaza cuando a su manera aplican la censura entre sus empleadas y sus empleados, disfrazándola de libertad -la frase idiota "si no les gustan mis reglas, son libres de cruzar la puerta de salida", redondeada con esa canallada de "total, sobre mi escritorio hay muchísimas hojas de vida haciendo cola. Yo no pierdo nada"-. 

Aumenta la indignación el hecho de que gente como Suárez -según el editorial que escribió y al que hace referencia Bock- se atreva a invocar a la sociedad, el ponerse a su servicio, para justificar su posición. No nos crean bobos: A esa especie de patrones a la que él pertenece le importa un comino la gente, "el bien de la comunidad" que justifica cualquier sacrificio por parte del periodista. Lo que le importa a estas personas es su negocio,  lucrarse, a costa del sudor de otros, de los sacrificios de otros, de las vidas de otros. Y es importante que la gente se dé cuenta de que cuando su nombre es mentado por gente como Suárez, es como cuando el lobo canta canciones melodiosas llamando a las ovejas. Cena segura.

¿Para qué maldecir a los patrones de la prensa? Ellos mismos se construyen su propio destino. No se olviden: se irán y, aparte de que no se llevarán ni un sólo peso al otro lado, no dejarán nada más que pleitos entre sus hijos y entre sus abogados. Al menos, esa es la tendencia. Y su legado será paja que se llevará el viento.